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CULTURA

13 de octubre de 2026

Las guerras culturales que marcaron el ascenso del nazismo

La República de Weimar sucumbió en 1933 tras años de polarización política, violencia callejera y ataques contra libertades; Victor Sebestyen reconstruye ese proceso en un libro sobre una democracia alemana en ruinas

Las guerras culturales que marcaron el ascenso del nazismo

Fuente: Netfan Servicios

Imagine una vibrante democracia occidental con un electorado profundamente polarizado. Este país es conocido en todo el mundo por su industria cinematográfica, su estilo estridente y su innovación tecnológica, pero está atrapado en guerras culturales y teorías conspirativas. En este mismo lugar, los conspiradores de un golpe de Estado fallido quedan abrumadoramente impunes, mientras los formadores de opinión presentan argumentos intelectuales a favor de una dictadura. Y luego está el anciano líder del país ?elegido recientemente con menos del 50% de los votos?, que prefiere gobernar mediante decretos ejecutivos.

Todo esto describe el mundo que aparece en el perspicaz libro del periodista Victor Sebestyen, "La Alemania de Weimar: la muerte de una democracia", sobre el giro autocrático de la sociedad alemana en la primera mitad del siglo XX.

Sebestyen está lejos de ser el primero en advertir paralelismos entre el efímero experimento alemán con un gobierno representativo después de la Primera Guerra Mundial y lo que él llama la "oleada de populismo nacionalista" que aflige hoy a Estados Unidos y otros países. Por lo general, como en la historia política de Volker Ullrich, Horas fatídicas, la analogía se centra en el desastroso final de Weimar: el colapso del gobierno multipartidista y la entrega del poder a Adolf Hitler a principios de 1933. Sebestyen, en cambio, estructura su relato en torno a los primeros años, cuando se sentaron los defectuosos cimientos del Estado. En esta narración, el arte es tan importante como la política: el conflicto cultural, sostiene, fue "una de las razones significativas de la caída de la república".

La vanguardia radical de Weimar fue más que una leyenda de Broadway. Con el levantamiento de las leyes de censura justo después de la guerra, los editores y artistas recibieron una libertad extraordinaria. Las películas de terror ampliaron los límites del cine; movimientos artísticos que rompían con las convenciones surgieron en rápida sucesión. Décadas antes de que Robert Rauschenberg comenzara a utilizar objetos encontrados en sus famosos ensamblajes, el artista alemán del collage Kurt Schwitters hacía prácticamente lo mismo con la basura de Berlín.

Las normas sociales sufrieron una sacudida similar. Las mujeres y los trabajadores disfrutaron de repente de amplios derechos, mientras que una oleada de clubes nocturnos, revistas y libros atendía abiertamente a una creciente comunidad gay y de personas que se travestían. En un acomodado barrio de Berlín, el médico Magnus Hirschfeld abrió el primer instituto de sexología del mundo. El baile y las drogas estaban en todas partes. "En algunos cafés", observó Ernest Hemingway durante una visita en 1923, "los camareros sirven cocaína en las mesas".

Sin embargo, desde el principio, escribe Sebestyen, la efervescencia social provocó indignación nacionalista. Ya en la primavera de 1919, funcionarios municipales de Weimar calificaban a la visionaria nueva escuela de arte y diseño de Walter Gropius, la Bauhaus, de "foco de agitación espartaquista y judería". Mientras líderes religiosos y conservadores arremetían contra la "obscenidad y basura" impulsadas por el Estado, grupos paramilitares de derecha advertían sobre el "peligro" que representaban las mujeres liberadas. En Berlín seguían apareciendo carteles que exigían "una Alemania para los alemanes".

Gran parte de la clase media estaba mucho menos preocupada por los derechos que por el derrumbe del antiguo orden. Tempestades de acero, de Ernst Jünger, una glorificación literaria del combate publicada por primera vez en 1920, se convirtió en un éxito de ventas, y algunas de las películas más populares eran dramas de época sobre la historia alemana. En todo el país, señala Sebestyen, una nueva generación de jóvenes ?mucho más que los amargados veteranos de guerra de la historiografía convencional sobre Weimar? acudía en masa a milicias marginales.

Incluso la intelectualidad liberal se inquietaba por un exceso de libertad. Antes de convertirse en antinazi, el novelista Thomas Mann publicó un libro de 500 páginas en defensa del gobierno autoritario y de la alta Kultur alemana. El sociólogo Max Weber, receloso de la fragmentación política, instó a que la Constitución de Weimar otorgara al presidente amplios poderes de emergencia, una disposición de la que abusó de manera fatal el mariscal de campo Paul von Hindenburg después de convertirse en presidente en 1925.

Luego estaba el poder judicial. Independientemente de la ley, los jueces conservadores del país trataron con dureza la agitación izquierdista o incluso, como descubrió el artista Georg Grosz, la mera sátira del ejército. Sin embargo, continuamente encontraban excusas para los insurrectos ?incluido un joven Hitler? que intentaban derrocar el orden democrático. Como deja claro Sebestyen, la República de Weimar no se derrumbó a causa de un sistema político roto; fue asesinada deliberadamente por políticos, generales y jueces que querían que desapareciera.

En su favor, La Alemania de Weimar no sobredetermina una historia de fatalidad. La república soportó el caos económico e incluso una invasión francesa. En ocasiones, facciones enfrentadas se unieron, como cuando Alfred Hugenberg, un magnate de periódicos similar a Rupert Murdoch, accedió a financiar la obra maestra de Fritz Lang, Metrópolis.

No obstante, Sebestyen deja sorprendentemente poco explorada la obsesión de la derecha nacionalista con la renovación cultural, incluida la atracción que algunos destacados nazis sentían por modernistas "germánicos", como el pintor Emil Nolde y el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe. Si las artes estaban, como él sostiene, "conectadas, de manera directa, con lo que ocurrió políticamente", fue significativo que las ideas vanguardistas tuvieran partidarios en ambos bandos.

La Alemania de Weimar presenta un argumento provocador a favor de la cultura como acelerante en el ascenso y la caída de la república. Pero su mayor revelación puede ser que la democracia fracasó no a causa de la guerra cultural, sino porque muy pocos alemanes ?sin importar de qué lado estuvieran? realmente creían en ella.

(The New York Times)

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